Cada 15 de junio los neolaredenses reafirman su identidad nacida en parte de una historia que se ha contado de generación en generación: de aquellos fundadores que cargaron con sus muertos antes que dejarlos en tierra extranjera
Quién no ha escuchado sobre la fundación de Nuevo Laredo y los mitos y realidades alrededor de ella, después que México perdió más de la mitad de su territorio, en 1848, en el mandato del entonces presidente Antonio López de Santa Anna, bajo la firma del tratado GuadalupeHidalgo.
Justamente cuando se dividió el país es cuando quienes ya vivían en la Villa de San Agustín de Laredo, decidieron irse a suelo mexicano, en donde a través de los años se ha asegurado que cargaron hasta con sus muertos, sin embargo, este dato ha pasado de generación en generación, sin que haya un documento que pruebe este hecho, lo que lo convierte en un mito.
“Decir mito no es decir mentira. Es algo que no puede probarse científicamente porque no hay fuentes escritas y los testigos ya no viven, pero tiene el sustento de la tradición, de la leyenda y de una sociedad que lo tomó como bandera”, explicó Luis Barrera López, encargado de Difusión y Exposiciones del Archivo Histórico Municipal.
Barrera López citó al historiador Manuel Ceballos Ramírez y recuerda que la devoción mexicana por los muertos hace verosímil el traslado. De hecho, a fines del siglo XIX, Juan Richer ya lo mencionaba en la primera relación histórica de la ciudad.
“La veneración que tenemos los mexicanos por nuestros muertos es muy grande y que eso de trasladar a los restos de los difuntos, no es algo raro en la en la cultura mexicana, conozco yo de muchas familias que se acaban cambiando de ciudad y que van, después de que se cambian y se establecen en otro lugar, van y sacan los restos a la antigua ciudad donde es donde vivían y se los llevan a la nueva ciudad”, explicó Barrera López.
DOBLE CELEBRACIÓN
Además, Nuevo Laredo cuenta con una historia única e irrepetible, ya que además de tener todo un mito alrededor de su fundación, también cuenta con doble fecha de fundación, pues mientras que el 15 de mayo de 1755 fue fundada la Villa de San Agustín de Laredo, un mes después el 15 de junio, pero de 1848 se funda Nuevo Laredo.
La fundación fue dirigida por el gobernador Vital Fernández. El 15 de junio de 1848 se trazó la villa frente al río, casi como un calco del pueblo perdido: la Plaza Juárez se volvió Plaza de Armas, la presidencia se levantó frente a ella, donde permaneció hasta el incendio de 1914, y el templo del Santo Niño ocupó el lugar simbólico que San Agustín tenía del otro lado.
“Era la voluntad de volver a crear la misma ciudad”, resume Barrera. Los primeros restos habrían llegado a un cementerio provisional, muy cerca del caserío, clausurado después para cumplir la norma sanitaria de ubicar los panteones fuera de la mancha urbana, en alto y ventilados.
Así nació el Antiguo Panteón Municipal, que ahora se encuentra en la colonia Matamoros. Casi un siglo después, tras la refundación del lado mexicano, muchas personas creen que no había nada en Nuevo Laredo previo a su fundación, cuya idea es errónea, pues desde antes ya existían edificaciones y ranchos.
“Mucha gente cree que aquí no había nada, pero ya existían ranchos y un caserío incipiente antes de 1848. Eso nos hace doblemente especiales”, apunta. Esa doble raíz explica la forma de decir “soy de Laredo” sin aclarar el país, y el “voy al otro lado” que usan de ambos lados del río. Ciudades hermanas nacidas de las mismas familias, con genética e historia compartidas.
“Aquí somos mexicanos, tamaulipecos, norestenses y fronterizos. Estamos en el corazón del noreste histórico que describió Ceballos, donde se unen Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila y Texas”, explica Barrera López sobre la geografía de la ciudad.
Una identidad rica, dice, que cada 15 de junio se renueva no con fuegos artificiales, sino con la memoria de quienes, se ha contado de generación en generación, prefirieron cargar a sus muertos antes que dejarlos en tierra extranjera.









