JOSÉ INÉS FIGUEROA VITELA
Con un tono institucional y un mensaje cuidadosamente construido, el rector DÁMASO ANAYA ALVARADO abrió su segundo informe como un ejercicio administrativo, parte de una definición política del papel de la universidad pública en el presente.
La presencia del gobernador AMÉRICO VILLARREAL ANAYA no fue un elemento protocolario más, sino en Los Hechos, la escenificación de una alianza estratégica entre poder político y poder académico, bajo un mensaje cargado de transparencia y rendición de cuentas, con un acendrado sentido social.
Desde el inicio, el mensaje resultó claro: la universidad no se concibe aislada, sino como un actor activo en el proyecto de transformación estatal y nacional impulsado por la Presidenta CLAUDIA SHEINBAUM PARDO. La autonomía se reivindica, pero en diálogo, entendimiento, suma de afanes con el poder público.
El informe presentó una narrativa disruptiva; de una universidad “con rumbo, pero con retos”, a una institución que presume resultados medibles en corto plazo, remontando ataduras y estigmas históricos.
En el dato duro, el crecimiento de la matrícula, de un modesto uno por ciento anual, a un 5.5 en estos dos años de ejercicio rectoral, superando los 42 mil estudiantes, transita entre el logro técnico y el sustento legitimador, de alcanzar el cien por ciento de programas de licenciatura acreditados.
Algo que marca un hito, colocando a la Universidad Autónoma de Tamaulipas en un grupo selecto a nivel nacional, lo que resultaba inimaginable hace no mucho tiempo.
Atrás quedaron los dichos empresariales de que “si es de la UAT, no lo quiero” y los problemas para encajar en otros sistemas de educación superior en la migración y el postgrado.
Este logro también cumple una función política: legitima la bandera de la transformación dominante; la acreditación se convierte en argumento de autoridad frente a los críticos que dilapidaron el bono electoral rápidamente y quedaron apestados frente al respetable.
La Universidad del Rector DÁMASO y del Gobernador AMÉRICO, se presenta, así como un espacio donde la excelencia técnica se respalda y refleja en la narrativa institucional.
El crecimiento de proyectos de investigación —de 106 a más de 200— no se presenta como acumulación académica, sino como reorientación estratégica.
El rector insiste en una idea: la investigación debe servir a las grandes causas de la agenda pública enfocadas al bienestar social: salud, medio ambiente, desarrollo productivo y cultura de paz, están en esos ejes que articulan tal visión.
La calificación AA de Fitch Ratings y el cumplimiento en la armonización contable, estrictamente supervisados -como tratamiento de lepra- por la federación, afianzan otro pilar del documento presentado por el Rector: la estabilidad financiera.
A nivel nacional, las universidades públicas enfrentan crisis presupuestales, mientras la UAT busca posicionarse como un modelo de disciplina administrativa que es funcional, suficiente y constructora de futuro.
El alcance de las becas desperdigadas entre la mitad de todo el alumnado, además, habla de inclusión, de una política social universitaria con impacto directo, fortaleciendo la legitimidad de la institución como herramienta de movilidad social.
La universidad deja de ser solo formadora de profesionistas para asumirse como instrumento de justicia social y esa transición redefine su papel en el ecosistema político estatal.
Así, la estrecha relación con gobiernos, sector productivo y organismos nacionales, en proyectos estratégicos como el Puerto Seco o el CIDIPORT; el convenio con la Suprema Corte y las alianzas internacionales amplían esa red.
El emblemático humanismo atraviesa todo el informe, de principio a fin: cultura, deporte, identidad y programas como Familias UAT, dejan constancia de una universidad cercana, consciente, comprometida; una universidad alineada con su tiempo.
Por sobre cifras y programas, el segundo informe plantea una tesis política: la universidad pública debe ser protagonista de la transformación social y aquí lo está siendo. No solo formar, sino incidir. No solo enseñar, sino participar. La UAT se presenta como actor estratégico del desarrollo estatal, en sintonía con un proyecto político más amplio, porque cuando la universidad se transforma, se transforma la sociedad. El que tenga oídos… que oiga.







