JOSÉ INÉS FIGUEROA VITELA
En estos días, me encontré en un negocio victorense asociado a los temas de la salud, al ex alcalde, ex legislador y exgobernador victorense EUGENIO HERNÁNDEZ FLORES.
Su “yo ando muy tranquilo”, en el saludo y la breve charla que compartimos, me sonó a respuesta para los terceros que, desde y a través de los medios, afirman y debaten sobre hipotéticos escenarios en los que resultara protagónico.
La tranquilidad de que habla GEÑO, también la transpira; en playera y pantalones sport, con marcadas evidencias de su dedicación al ejercicio, sonriente y con el hablar pausado y los ademanes que le son característicos… de siempre.
El exgobernador constructor siempre ha sido más de hechos, que de dichos; de evidencias. Su regreso a la política fue de la mano del Gobernador, su amigo, el doctor AMÉRICO VILLARREAL ANAYA y no hará nada, en ese campo, distinto a lo que emane de su liderazgo político y ejecutivo.
Así lo mostró en todas las etapas electorales de la aspiración, la pre, la campaña y en la elección misma en la que participó recientemente y eso, evidentemente, no ha cambiado.
Vale la precisión, por quienes ya andan elucubrando cosas distintas; que si va con el Verde a jugarle las contras, que si competirá por la alcaldía victorense, de nuevo, por un partido de oposición; que si esto, que si lo otro.
En primer lugar, si hay alguien que sabe de calendarios electorales, ese es el exgobernador EUGENIO y para esos falta tanto, como que apenas se cumplió el primer año del trienio; faltan dos años para la siguiente elección municipal y distrital y tres para la estatal.
Más aún, EUGENIO y todos los que fueron candidatos por el Verde y el PT el año pasado, lo hicieron no por una militancia en estos; sus simpatías, siempre se supo, estaban con MORENA y a su proyecto apostaban, bajo el liderazgo del doctor.
Que en el camino dos-tres novatos y novatas, hijos de la aventura inconciente, se perdieron en la idea que pueden sacar más réditos sin el movimiento que inspiró sus votos, es otra cosa y son otros los casos, cuyo destino es de sobra conocido.
Quienes andan con las banderas desplegadas de aquel dicho que reza “al que madruga Dios lo ayuda”, no deben olvidar el reverso de la pancarta donde se inscribe otro adagio: no por mucho madrugar, amanece más temprano.
Esta es la temporada de las definiciones semánticas, no de los nombres y los colores. Como quiera, por estos tiempos de distracción y pretendida dispersión inducida, se habla mucho de la lealtad, como un valor ineludible y de aplicación inmediata; a rajatabla, se dice.
En algunos apartados del entramado político, el recuento de las lealtades se hace con una periodicidad cronológica, muchas veces repetida, en el devenir cotidiano, sobre el supuesto dinamismo animado por propios y extraños, entre los grupos de interés común.
Más allá de ello, sin necesariamente contraponerse, hay quienes sugieren apostarle al amor, el cariño, el aprecio, como un valor superior, incluso, que la mentada lealtad de moda entre aquellos.
Con los sentimientos del corazón, se nutre el sentido de identidad en una forma indestructible -dicen esas voces-, pero además, supera la sumisión discreta que, en la lealtad, eventualmente acompaña al despeñadero a liderazgos y correligionarios.
Quien abraza un proyecto con convicción absoluta -siguen abundando aquellas tesis- no es impasible en la existencia de una desviación, o cuando se aprecia un horizonte perdido; lo observa, espera su corrección, compartiendo el sinsabor que asaltará a terceros en la eventual caída.
Al final del día, todos esos ensayos a destiempo resultan en juegos fatuos, porque andando una ruta artificiosamente alargada, todavía pasarán muchas cosas, antes de que se tome una decisión sobre las nominaciones del 27 y más las del 28, hablando del partido dominante.
De los demás no hablar; están en la lona. ¿Para qué pelear abajo si ni siquiera hay seguridad de subir al ring? Se preguntan los críticos. Veremos.







