El papa Francisco falleció de manera repentina y sin sufrir, tras un derrame cerebral ocurrido la mañana del lunes, confirmó el doctor Sergio Alfieri, jefe del equipo médico que lo atendió en el hospital Gemelli de Roma. En declaraciones a medios italianos como Corriere della Sera y La Repubblica, Alfieri explicó que recibió una llamada de emergencia a las 5:30 a. m. y llegó al Vaticano veinte minutos después, solo para encontrar al pontífice en estado de coma, con los ojos abiertos pero sin responder.
El médico aseguró que en ese momento comprendió que no había nada que hacer. La muerte del primer papa latinoamericano, a los 88 años, ha conmovido al mundo, especialmente por lo inesperado de su partida tras haberse mostrado activo el Domingo de Resurrección, apenas un día antes, saludando a miles de fieles en la Plaza de San Pedro.
Francisco venía de una convalecencia por neumonía que lo mantuvo hospitalizado 38 días, tras lo cual regresó al Vaticano el 23 de marzo. Aunque sus médicos le prescribieron dos meses de descanso, el papa retomó sus actividades poco a poco. Se reunió con el vicepresidente de Estados Unidos y visitó una prisión el Jueves Santo, el 17 de abril. Según Alfieri, Francisco nunca se forzó más de lo recomendado, y su deseo de seguir trabajando era parte de su recuperación.
El médico lo vio por última vez el sábado previo a su fallecimiento y lo encontró de buen humor, incluso le regaló una tarta que sabía que al papa le gustaba. En esa ocasión, Francisco expresó sentirse bien y feliz de volver a sus labores. En sus últimos comentarios, compartió con su médico un pesar: no haber podido realizar el rito del lavado de pies en la prisión que visitó.
“Esta vez no pude hacerlo”, fue lo último que le dijo. Estas palabras, según Alfieri, resumen el compromiso espiritual y humano de un papa que deseaba servir hasta su último aliento.









