JOSÉ INÉS FIGUEROA VITELA
“Nos quedan mil días, muy buenos, para seguir haciendo por Tamaulipas”, dijo el Gobernador AMÉRICO VILLARREAL ANAYA y sus colaboradores, de todos los niveles, reunidos en el patio central de Palacio tronaron un aplauso espontáneo, compartiendo entusiasmo y reto.
En la ceremonia estatal de honores a los símbolos patrios y del Estado, con los titulares de los otros dos Poderes -TANIA CONTRERAS y HUMBERTO PRIETO del Judicial y el Legislativo-, el Secretario de Finanzas CARLOS IRÁN RAMÍREZ ponderó la santidad de la economía pública estatal, remontando inercias de endeudamiento de años pasados, cumpliendo compromisos con el bienestar social y apuntalando el desarrollo para un mejor futuro, pese a las adversidades que vienen de fuera.
La convocatoria de AMÉRICO en el año que inicia, a sumar afanes en torno de la transformación del Estado, así entre la estructura gubernamental, como en todos los sectores de la sociedad, para multiplicar los beneficios y cerrarles el paso a los destructores del pasado, empeñados en regresar con las mismas agresiones por las que fueron echados del poder público.
Dice el refranero que “del dicho al hecho, hay mucho trecho” … ¿cuánto?, mucho, largo y matizado en algunos casos.
Aunque de conocido, pareciera ocioso repetirlo, hay personajes y expresiones a los que la mentira se les da por antonomasia, al punto que llamarlos “mentiroso” resulta trillado, pero repasar las perversiones que salen de su boca, nos recuerda la estrechez de su humanidad y la amplitud de sus pretendidas víctimas.
Cuatro veces dijo “verdad” en menos de dos minutos el hermano del exgobernador prófugo – cuando se le preguntó por su rol en la siniestra Oficina Olé- y ninguna coincidió con los hechos.
La reacción del diputado local plurinominal ISMAEL GARCÍA CABEZA DE VACA a las evidencias respecto del recinto de las corruptelas en que se vio inmiscuido durante el pasado sexenio, es, por decir lo menos, una pieza de retórica defensiva mal documentada. Porque la verdad no se decreta, se comprueba y las evidencias apuntan en otro sentido.
Dijo que Olé era su oficina de enlace como senador, pero los registros periodísticos lo desmienten: esa oficina estaba en López Mateos y calle Diez, mientras la Terraza Olé, se ubica en Fidel Velázquez 1871 del plano de la ciudad capital tamaulipeca.
No es percepción, es geografía. Dijo que ahí atendía ciudadanos que iban a hacerle gestiones de Senador, pero Olé operaba mucho antes de que llegara a la Cámara Alta y sirvió, entre las otras cosas perversas, para grabar mensajes de apoyo a Ricardo Anaya.
Campaña electoral partidista, no gestoría institucional, cabe aclararlo, por terceras implicaciones que pudieran aparecer cuando las autoridades se hagan cargo del caso, si no es que ya lo traen, entre el sigilo reglamentario. Dijo antes que recorría el territorio y por eso faltaba al Congreso, como de hecho lo sigue haciendo; ahora asegura que en “la oficina de los moches” lo que hacía era atender a los ciudadanos que le iban a presentar gestiones. La respuesta a esos dichos está en las redes sociales que muestran los insultos, descalificaciones y bravatas, pero ninguna evidencia de reuniones en colonias o ejidos: el pueblo al que dice escuchar no aparece por ningún lado.
Y mientras habla de “cortinas de humo” en la paja del ojo ajeno, siguen sin responderse las investigaciones periodísticas que lo señalan como operador financiero del saqueo institucional durante el sexenio de su hermano Francisco, signo inequívoco de la viga en el ojo propio.
La Oficina Olé no fue un mito, fue un punto de encuentro, cuya presencia ahí, él mismo reconoció de entrada, para que las evidencias en los medios y eventualmente en las instancias jurisdiccionales, cierren el círculo y finquen las responsabilidades correspondientes.
Ahí -se ha publicado-, confluyeron funcionarios, empresarios, operadores y dinero desviado de los fines públicos que tenían por destino original. Ahí se asignaban cuotas, se cobraban “diezmos”, se pactaban desvíos y se aceitaban complicidades.
Los nombres están documentados. Los procesos judiciales avanzan. Los viejos escudos ya no están. No hay fiscales ni jueces que garanticen la impunidad eterna. Y cuando los hechos alcanzan al discurso, repetir “verdad” solo confirma la mentira.
Porque en política, como en la vida pública, todos los caminos conducen a algún lugar. Y en el pasado sexenio, demasiados condujeron a Olé, siempre en presencia del hermano impune.








