Francia ha experimentado seis noches de disturbios y violencia en todo el país, con miles de detenidos, incendios de automóviles, ataques a edificios y comercios.
Sin embargo, en la noche del domingo, el número de detenidos disminuyó significativamente, lo que lleva al Gobierno a confiar en que su plan de mensajes de apaciguamiento y despliegue policial devuelva la calma al país.
Los disturbios comenzaron tras la muerte de un joven de 17 años en un enfrentamiento con la policía en Nanterre. La violencia se extendió por las barriadas y luego se propagó al resto del país, incluso a las grandes ciudades.
Los actos vandálicos incluyeron saqueos, incendios de automóviles, tranvías y autobuses, y se cruzaron líneas peligrosas, como incendiar una sucursal bancaria con personas en los pisos superiores y empotrar un automóvil en llamas contra la casa de un alcalde mientras su familia dormía.
Aunque la violencia ha sido extrema, no se han reportado víctimas mortales ni entre los alborotadores ni entre las fuerzas del orden.
El presidente Macron, el Gobierno y varias figuras prominentes han hecho un llamado a poner fin a la violencia y han destacado que las comunidades afectadas son las principales víctimas de estos actos.
Esta crisis ha revelado diversas brechas en la sociedad francesa, como el descontento en las barriadas multiculturales donde ha fallado la integración, la desconfianza hacia las fuerzas del orden, la violencia latente y el rechazo a las instituciones y símbolos de la República.
A pesar del estado de casi militarización con un despliegue de 45,000 agentes en las calles durante tres días consecutivos, el Gobierno ha optado por medidas excepcionales en lugar de declarar el estado de emergencia.
El presidente Macron se reunirá con líderes políticos y alcaldes para abordar la situación y buscar soluciones.
Mientras tanto, la población espera que el plan del Gobierno logre restaurar la calma y poner fin a la ola de violencia.









