El oficio de bolero, uno de los más antiguos que dieron “lustre” por vez primera en el siglo pasado, hoy sobrevive y se impone a los cambios en la moda, lo que le representa desafío, para así seguir ofreciendo la pulcritud y brillo en todo tipo de calzado.
“Nuestro trabajo ha bajado, pero se niega a morir, pues sigue habiendo muchas personas que procuran la limpieza de sus zapatos o botas, como parte de la limpieza de su persona y el buen vestir”, dijo José Manuel, lustrador de calzado situado en La Plaza México.
Aduce la reducción de la chamba, debido principalmente a las costumbres de los jóvenes que, prefieren utilizar un trapo húmedo y darle un pasón al zapato, pero no acudir a la boleada, que algunos ni conocen.
Con un costo aproximado de entre 40 y 50 pesos, la boleada sigue siendo de la preferencia de las gentes mayores pues la ‘güercada’ prefiere aquellos zapatos que no se lustran y además son moda.
Ataviado con el clásico mandil, ahí bajo el kiosko, aparece junto a un sillón y una cajonera donde le complementan el oficio, varios cepillos para lustrar, trapos, grasas y cremas de color café y negro.
“La verdad, ya nadie quiere ser bolero, antes en la familia siempre había uno que estaba dispuesto a heredar la chamba, pues estos puestos son por el Sindicato de Aseadores de Calzado y sólo un familiar lo puede suplir a uno”, dijo.
Asintió que el sobrevivir del bolero se merece por el cliente; ese que viene de perder cada tercer día a lustrarse las botas o los zapatos, el que ni dice nada porque recientemente le subimos el precio.
“Ya dejamos de invitar a la boleada, como años antes. Se acabó el “pásele joven” y ahora quienes vienen y nos hacen sostenernos son los clientes de siempre, los viejos, aunque hay que decirlo, hay chavos que de pronto comienzan a venir”, asentó.









