En el Mundial 2026 no sólo se romperán récords por cantidad de equipos, partidos y sedes; también será la primera Copa del Mundo en la que todos los partidos se jueguen sobre una superficie prácticamente idéntica. Desde 2022, la FIFA ha trabajado con científicos de la Universidad de Tennessee y de Michigan State en un proyecto para lograr que el césped se sienta igual sin importar si se juega en Toronto, Ciudad de México o Miami.
Aunque cada sede tendrá su propio tipo de pasto adaptado a sus condiciones geográficas y climáticas, todos comparten los mismos estándares de densidad, rebote, drenaje, amortiguación y temperatura superficial. En Monterrey, por ejemplo, se invirtieron más de siete millones de dólares para instalar un sistema de “vacuum and ventilation” que garantiza ventilación y oxigenación óptimas.
En Jalisco, se utiliza un pasto híbrido con riego subterráneo. Incluso los estadios techados en Estados Unidos reemplazarán su césped artificial por pasto natural cultivado en condiciones simuladas y transportado en camiones refrigerados. La FIFA también utilizará tecnología de punta como la máquina fLEX y cámaras de alta velocidad para probar el impacto del juego sobre el terreno.
La meta es eliminar el llamado “efecto trampolín” y asegurar que todas las jugadas se desarrollen en igualdad de condiciones. Este esfuerzo no sólo unifica el torneo en lo deportivo, sino que representa un legado duradero para los estadios y clubes que recibirán el Mundial. Al igual que en México 1986, cuando el césped del Estadio Azteca fue renovado semanas antes del torneo, la historia se repite 40 años después con una transformación total, ahora respaldada por ciencia de vanguardia.









