JOSÉ INÉS FIGUEROA VITELA
Cuatro siglos atrás, DESCARTES (1596-1650) ya hablaba de un “código moral provisional”, con su duda metodológica en busca de la certeza absoluta.
“Este código de reglas o máximas se establece para que no se paralice por la incertidumbre en los asuntos prácticos de la vida” definió el autor de la “filosofía moderna”.
Luego vendría ISSAC NEWTON (1643-1727) con su famosa Ley de la Relatividad: a toda acción equivale una reacción, pero en sentido contrario.
“Las fuerzas siempre ocurren en parejas; no existe una fuerza aislada”, explicó; luego corrieron los ejemplos: al caminar, tus pies empujan el suelo hacia atrás, y el suelo te impulsa hacia adelante; en un cohete, el motor expulsa gases hacia atrás, lo que empuja al cohete hacia adelante; al nadar, empujas el agua con tus manos o aletas hacia atrás, y el agua te desplaza hacia adelante.
Aquí y ahora tenemos otras referencias. Dicen que el hombre es el único animal que cae dos veces en el mismo hoyo.
De conocer y reconocer la historia, ha alimentado el discurso la actual clase gobernante, denominando “Cuarta Transformación” a su movimiento, como consecuencia de la independencia, la reforma y la revolución, que marcaron los últimos tres siglos en la república.
Otras “microhistorias” han orientado el curso de la vida pública y privada en cada una de esas etapas.
Sin detrimento de las incidencias externas que han trastocado la armonía y el desarrollo de nuestra patria, en lo grande y en lo pequeño -ya sabe, la fatalidad por la que habla el dicho, de “vivir tan alejados de Dios y tan cerca de los EE. UU.”-, las alertas siempre han estado presentes y los desenlaces trágicos se han asociado a su conveniente desconocimiento.
Cuando la inseguridad se desbordó en barbarie entre el 2010 y el 2014, desde las vísperas la historia pública registrada por los medios cronicó los hechos crecientes, que empezaron con el rompimiento de pactos no escritos entre las propias organizaciones criminales.
Las agresiones a las familias, a las mujeres y los menores, a los representantes del orden, a los terceros ajenos a sus “negocios”, peleando extraterritorialmente.
En el 2018, con la llegada de ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR a la Presidencia, los índices de violencia que mantuvieron un ritmo creciente constante en la década previa, empezaron a ceder, consolidando un nuevo estado de armonía y entendimiento social.
Aunque la gráfica delincuencial se ha mantenido a la baja, las presiones empezaron a desbordarse de un tiempo a la fecha, como consecuencia de los cabos que se dejaron sueltos y permitieron la reaparición gradual de factores desestabilizadores.
De nueva cuenta, los medios alertaron en los años recientes, la reaparición de los grupos dedicados a la extorsión y el despojo de la propiedad privada a los sectores productivos. Solo el boletín sonriente pretendió eliminar esa realidad lacerante.
Entonces se dijo, en este mismo espacio, que quienes empezaron a cobrar cuotas y despojar bienes de particulares, de nuevo, iban a armarse y multiplicarse, para escalar en la gráfica delincuencial, amenazando con abrir la puerta al regreso de etapas superadas. Muchos lo lamentaron, pero otros más lo celebraron, y nadie hizo nada.
El cobro y el pago de disimulos, entre delincuentes y autoridades provinciales, como en el pasado tortuoso, significó la suplantación del Estado y el sometimiento, hasta el punto de que los mismos grupos proscritos dejaron de pagar para incorporar en sus listas de subvenciones al Estado mismo y sus representantes; esa es la ruta que amaga los nuevos tiempos.
¿Por qué los civiles armados se sienten con el derecho y la libertad de salir a reclamar y confrontar a “la autoridad” porque les detienen u obstruyen sus actividades ilícitas? El Estado federal ha tenido que salir a provincia a atacar las manifestaciones antisociales de luto impacto, porque en lo doméstico se han normalizado las complicidades.
El “operativo enjambre” desplegado por la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana de OMAR GARCÍA HARFUCH, ha tenido que desdoblarse para someter a algunos de los involucrados en ese esquema de complicidades. Imposible alcanzarlos a todos.
La idea sería que, en el ejemplo, el resto corrigiera, pero pareciera que los más la siguen apostando a la incapacidad para la cobertura total. ¿Hasta cuándo?… ¿hasta dónde? ¿Tendrán conciencia del daño que están gestando a las presentes y futuras generaciones sus autores? Júrelo, no valen sus desenfrenos financiados con dinero ensangrentado.







