José Inés Figueroa Vitela
El 17 de julio de 1986 a las 7:00 de la mañana yo estaba en San Fernando. Meses atrás habría estado a las puertas del Periódico El Popular, en Matamoros, acompañando al dueño en su apertura e inicio de actividades, luego de almorzar en algún comedero local, o de la vecina Brownsville, Texas.
“Comemos en diferentes lugares, porque no me gustan las rutinas; el día que tenga una, me van a matar”, me habría explicado en algún momento ERNESTO FLORES TORRIJOS.
Pero sí tenía una rutina y era esa, de abrir, invariablemente a las 7:00 horas, rigurosamente, el periódico para hacer la edición del día.
Ahí lo mataron, junto a NORMA MORENO FIGUEROA, para entonces Jefa de Información del periódico, quien relevó el acompañamiento que yo hacía, cuando me quedé en la corresponsalía de San Fernando.
Hubo quienes asociaron el doble crimen a la columna, que día antes había escrito NORMA, describiendo la botadura de un “barco camaronero” a manos de don JUAN N. GUERRA, en una reaparición en público, tras meses de no saberse de él, tras una vida social muy pública, conocida.
Don JUAN, cotidianamente “despachaba” en su restaurante, “Piedras Negras”, ubicado en la calle principal de Matamoros, “la sexta”, a unos metros de la Presidencia Municipal, donde en el día igual trababa negocios, atendía a “su gente” y personas del pueblo que iban a tratarle cualquier cantidad de asuntos.
Por eso la expectativa en su regreso, y NORMA, se refirió, en ese lugar y momento, a su persona, como “el hombre que tantas vidas debía, que tanto miedo causaba, reducido a un guiñapo, que ahora causaba risa”.
Las secuelas de la embolia que “lo había sacado de circulación”, le mantenían atado a una silla de ruedas, con medio cuerpo semiparalizado. Pero no, no fue por eso por lo que los mataron; eventualmente eso habría precipitado las cosas.
ERNESTO sabía que desde un año atrás le habían puesto precio a su cabeza, como luego personalmente confirmé. Por eso los dinámicos destinos del almuerzo y por eso la negativa a tener una custodia policiaca: “esos cabrones serían los primeros en entregarme; les darían a mis enemigos toda la información”, también me comentó en su momento, cuando “la protección oficial” le fue ofrecida.
Las amenazas eran cosas ordinarias en El Popular, cuya línea editorial era publicar todo lo que fuera noticia y resultara atractiva para los lectores.
“Si mi padre es encarcelado o muerto, eso es noticia y se publica”, instruyó cuantas veces fue necesario. Todas las notas en las que se vio envuelto el crimen organizado, los actos de corrupción y los desplantes entre políticos de la época tuvieron reflejo en el cotidiano.
La matanza de la Clínica Raya, con entrevistas a los operadores del cártel, los desvíos en el ayuntamiento, los excesos de los juniors de los saltones del cine nacional que anduvieron filmando por acá y hasta los huevazos al Gobernador priísta animados por el alcalde panista en el vecino Valle Hermoso.
Los diferendos con el ayuntamiento, gobernado por el sobrino de Don JUAN, fueron una de las líneas de investigación mediática, entre la opinión pública, porque las autoridades nada hicieron, que no fuera “echarle tierra” al caso.
Los registros en fiscalías, en la Comisión Nacional de Derechos Humanos -creada cuatro años después- y agrupaciones civiles, hasta los horarios y lugares confunden en sus registros.
“Hasta el 10 de abril de 1987 casi 9 meses después de los hechos -fue- que el funcionario investigador giró el oficio número 593/987 al Director de la Policía Judicial para que éste rindiera un informe respecto de la investigación del homicidio”, documentó la CNDH, pidiendo la entrega del expediente a las autoridades ministeriales.
El Procurador respondió que no había tal expediente, porque se había quemado en un incendio provocado en la cárcel, donde operaba la comandancia y fiscalía; ofreció una reconstrucción que jamás se realizó.
La impunidad institucionalizada, abrió la puerta a una violencia creciente que, cuarenta años después, no acaba de contenerse.








